En 2019, mientras Donald Trump se promocionaba como un “gran negociador” capaz de llevar paz a la península de Corea, en secreto autorizó una peligrosa operación encubierta en Corea del Norte. El plan era que el Escuadrón Rojo del SEAL Team 6—la misma unidad que mató a Osama bin Laden—instalara un dispositivo de espionaje para interceptar las comunicaciones de Kim Jong-un.
Los riesgos eran enormes. Soldados estadounidenses pisando suelo norcoreano, sin apoyo aéreo ni inteligencia en tiempo real, significaba que si eran descubiertos la consecuencia podía ir desde una crisis de rehenes hasta una guerra con una potencia nuclear. Por esa razón, operaciones de este tipo requieren autorización directa del presidente. Trump la dio.
De acuerdo con reportes de The New York Times, Task & Purpose y Al Jazeera, los SEALs partieron desde un submarino en minisubmarinos y nadaron hacia la costa bajo la oscuridad de la noche. Al acercarse, vieron una embarcación con hombres en trajes de neopreno. Temiendo haber sido descubiertos, el suboficial al mando abrió fuego, y el resto lo siguió. Todos los hombres en la lancha murieron.
Pero no eran soldados norcoreanos. Eran pescadores locales que buceaban en busca de mariscos. Los SEALs hundieron los cuerpos para ocultar el crimen, perforando sus pulmones para que no flotaran. La misión fue abortada.
Hoy, Trump asegura que nunca supo de esa operación. Pero ahí está la contradicción: una misión de este tipo no pudo haberse ejecutado sin su autorización. O está mintiendo sobre su propio papel, o su ejército llevó a cabo operaciones letales en territorio extranjero sin informarle al comandante en jefe. Ambas opciones revelan la verdad: Trump nunca fue el “hombre fuerte” que presumía ser. Fue deshonesto, o tan débil que otros libraban guerras secretas en su nombre.
Mientras tanto, el Congreso fue mantenido en la completa oscuridad. La Ley de Poderes de Guerra de 1973 exige que el presidente notifique al Congreso dentro de 48 horas cuando las fuerzas armadas estadounidenses entren en hostilidades o en territorio extranjero armados para combate. Nunca hubo notificación. Civiles fueron asesinados, se violó el derecho internacional, y funcionarios estadounidenses enterraron la historia hasta que la administración Biden ordenó una investigación e informó tardíamente a líderes congresionales.
Esto no es una excepción. Es la forma en que Estados Unidos hace la guerra. Las muertes de civiles se encubren. Se ignora el derecho internacional. Los presidentes mienten o se declaran ignorantes. El Congreso es marginado. Y cuando la verdad se conoce años después, no pasa nada: no hay rendición de cuentas, ni justicia, ni remordimiento.
Y ahora, en su segundo mandato, Trump ha llegado al extremo de exigir un Premio Nobel de la Paz. La ironía es grotesca: un hombre que presidió una operación ilegal que asesinó a civiles en Corea del Norte ahora pretende presentarse como campeón de la paz.
La lección es clara: si Washington estuvo dispuesto a arriesgar una guerra nuclear y asesinar civiles dentro de una de las dictaduras más vigiladas del mundo, ¿qué podemos esperar en Venezuela, en el Caribe, o en cualquier lugar donde estén en juego los intereses de sus oligarcas?
Estados Unidos no exporta democracia. Exporta impunidad. Los civiles mueren en silencio. Los poderosos se lavan las manos. Y América sigue adelante.

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